cafrelengua
  • Home
  • Noctámbulos
  • Mercado Navas
  • Cafrelengua

Bilingüismo y diglosia

disglosia1

"Eres la mujer/el hombre de mi vida", "no soy nadie sin ti",  "con nosotros llegará el cambio" o "el partido del siglo" son expresiones hiperbólicas de las que solemos abusar porque, ya se sabe, los hispanófonos somos dados al exceso.

Pues bien, en el ámbito de la caracterización de la competencia lingüística, las instituciones y los particulares (generalmente en el marco de sus currículos) son demasiado propensos a emplear las palabras "bilingüe" y "bilingüismo" para vehicular disglosia2el mayor nivel de conocimiento posible en dos lenguas. Y digo bien "demasiado propensos" porque, si es cierto que esas palabras se refieren a una idéntica capacidad para expresar una idea en cualquier circunstancia en dos lenguas distintas, lo que ocurre, en el mejor de los casos, es que nos encontremos en una situación de diglosia.

Un diglósico es aquél que se maneja con soltura en dos idiomas diferentes pero, según las circunstacias (trabajo, vida privada, ocio, tema de actualidad, etc.) prefiere emplear una de las dos lenguas.

Yo mismo me califico como diglósico en francés y en español. Prefiero el francés para hablar de mi trabajo (en la Escuela y en el campo) y organizar mi pensamiento. Prefiero el español para sacarle punta a las cosas o comentar un espectáculo deportivo o artístico. No se trata de no tener el vocabulario necesario para ello sino de una particular querencia por una determinada manera de decir las cosas que encontramos, subjetivamente, más apta y/o placentera en una de las dos lenguas.

Por supuesto, el hecho de encontrarse en inmersión lingüística duradera en uno de los códigos puede influir para que uno de ellos acabe por "comerse" temporalmente al otro (el tiempo que dura la inmersión y una o dos semanas más).

El tránsito de una situación de predominancia lingüística a otra en la que se invierten los papeles puede resultar bastante molesto. Por ejemplo, en mi caso, necesito los cincuenta minutos de vuelta a casa en los que voy escuchando la radio en español para volver a aterrizar en suelo lingüístico hispano. Puede ocurrir que, al llegar a casa, esté puesta la televisión en francés y toda esa actualización precedente se vaya a la porra. disglosia4También puede ocurrir que los comentarios a una emisión en la lengua de Molière los hagamos mi madre y yo en francés o que realicemos observaciones en francés a un programa en español. En ambos casos, esta disintonía puede volverse a explicar por la querencia de marras: lo que vamos a decir creemos poderlo expresar mejor, porque se adecua más a la idea base que tenemos en la cabeza, en la lengua que hayamos elegido.

Pero, una vez más, cada vez que formulamos algo en una u otra lengua, en pureza y libertad y sin ningún tipo de condicionante social, lo volveríamos a volver a hacer en esa misma lengua. No podemos escapar a la particular tiranía a la que nos somete cada una de ellas en ese preciso territorio de la transmisión de la experiencia o el conocimiento.

Ser bilingüe es una quimera y quién sabe si indeseable porque en nuestra cabeza sólo cabe una manera de decir bien las cosas.

Llueven los diminutivos

diminutivos1

Que el español es una lengua apta para expresar afectos (y desafectos) nadie lo pone en duda. En mi humilde opinión, puede que sea la lengua romance que más ha desarrollado esta capacidad, muy por encima de otras -el francés es un claro ejemplo-, que han ido tomando otros derroteros (como el de la expresión cartesiana del pensamiento, nunca mejor dicho).

diminutivos5Dentro del ámbito de la mencionada aptitud para evocar sentimientos, nuestra lengua descuella en aquélla que se orienta en la manifestación del amor, el cariño, la simpatía. Por ello, trataremos esta vez de los diminutivos, cuyo alcance sobrepasa con mucho el de la mera indicación de un tamaño o proporción reducidos.

Los diminutivos españoles más característicos consisten en partículas que se añaden  al final de las palabras. Y digo bien palabras porque uno de los rasgos más exclusivos de nuestra lengua consiste en que estos sufijos no sólo aparecen postpuestos a los sustantivos sino que también se puden referir a toda clase de categorías:

. verbos: "Al final, pudimos llegar andandito."

. adverbios: "Habla más despacito, por favor."

. adjetivos: "Estás hecho todo un mozalbete."

. interjecciones: "¡Cuidadín!"

Llama la atención cómo, en algunos casos, la solución diminutiva ha abolido la consciencia en el hablante del propio mecanismo de construcción, impidiendo, además, la capacidad de que la palabra base consiga expresar un valor parecido con otro sufijo del mismo tipo. Es el caso, por ejemplo, de villancico, donde al locutor se le veda cualquier otro tipo de solución a partir de un prístino villano para transmitir el mismo significado.

diminutivos2Para concluir esta reflexión sobre los diminutivos, me gustaría señalar su estrecha vinculación con los distintos pueblos de España y su especial modo de servirse de la lengua que comparten. Así, podemos constatar en los mapas dialectológicos de nuestro país cómo los sufijos dominantes llueven en vertical desde el Norte de la Península hacia áreas más o menos remotas:

. "-iño": Galicia y todo Portugal.

. "-ino": Asturias, León y Extremadura.

. "-uco": Cantabria (no tengo constancia de que acabe fluyendo como los demás).

. "-ito" / "-illo": las Castillas, Andalucía central y occidental.

. "-ico":  Aragón, La Mancha oriental, Murcia y Andalucía oriental.

. "-ete": Cataluña, Valencia e Islas Baleares.

Los historiadores de la lengua explican este meteoro gramatical por el modo en que el idioma fue acompañando, de Norte a Sur, a los pobladores y los repobladores de las tierras que se le fueron arrebatando al moro a lo largo de los siglos que duró la  Reconquista.

A mí, como ya sabrán Vds., me gustaría tanto o más que la auténtica lluvia que riega tan copiosamente nuestro tercio norte siguiera el ejemplo de los diminutivos y nos bendijera, aunque sólo fuera por escorrentía, a los que tenemos que soportar los rigores de un clima extremo.

Sembrar palabras

sembrar-palabras

Escuchando el otro día un programa de radio especializado en viajes, me llamó la atención la pobreza de vocabulario exhibida tanto por parte de los profesionales del ramo como de los periodistas y, por supuesto, de los oyentes llamados a participar. Si hay un tipo de emisión que debería caracterizarse precisamente por su capacidad de trasladar a los oyentes rasgos paisajísticos, humanos, emociones, vivencias, etc. ése debería ser aquél del que estamos hablando.

Cuando se trata de caracterizar, de dar color a lo visto, lo encontrado o lo vivido, las lenguas están dotadas de toda una serie de mecanismos que vamos a identificar globalmente como de 'adjetivación'. Estos mecanismos incluyen, por supuesto, el empleo de adjetivos pero también de adverbios (que podrían ser considerados adjetivos verbales y que también pueden modular la intensidad de los propios adjetivos), proposiciones de relativo (ya saben Vds., las que empiezan por 'que', aunque también podrían considerarse relativas las inauguradas por un 'donde') y, por supuesto, otros sustantivos y sintagmas nominales.

sembrarpalabras2Pues, bien, en tal programa de radio no asistimos nada más que a la proliferación de una exígua gama de adjetivos (no más de ocho distintos) entre los que destaco el apreciativo más de moda hoy día: 'chulo(a)'. 'Chulo' abarca todo el espectro evocado por lo hermoso, lo interesante, lo divertido, lo pintoresco. En fin, todo lo que Vds. se puedan imaginar que valga la pena. El resto de la 'alineación' está esencialmente compuesto por esos términos que asociábamos antes a la manera en que las folclóricas se echaban, hipócritamente, flores las unas a las otras: 'maravilloso', 'fabuloso', 'estupendo' y demás.

No computo en dicho abanico léxico palabras como 'grande', 'pequeño', 'cerca' y 'lejos', que, por ahora, no se ven amenazadas por el galopante empobrecimiento lingüístico al que asistimos cada día. Conceptos que los locutores de la emisión aprendieron, sin duda, con programas tan útiles como añorados y que se llamaban Un globo, dos globos, tres globos, Misión rescate o Barrio Sésamo (por citar aquéllos de mi generación).

sembrarpalabras3Ante este estado de cosas, yo les propongo que se pongan Vds. a 'sembrar' palabras. O, mejor dicho, a 'resembrarlas'. Palabras que Vds. juzguen en peligro de extinción. Palabras que les parezcan especialmente sugerentes, bonitas o precisas en su referencia. Palabras que nos devuelvan a lo que consideremos más auténtico y propio de nuestro castellano. Palabras difícil o imposiblemente traducibles a otras lenguas.

Claro que, para ello, Vds. deberían, en parte, dejar de hacer lo que hace la inmensa mayoría: abrazar un anglicismo, operar una estrategia de evitación lingüística (preocupante es aquí el caso por el que se huye del empleo de 'cuyo'), conformarse con un comodín, entregarse a un modismo. Además, deberían Vds. alcanzar alguna cota de notoriedad que les permitiera granjearse un prestigio social que los convirtiera en modelos (también lingüísticos) que imitar.

¿Se imaginan que don Diego Pablo Simeone González hubiese rechazado comentar la última actuación arbitral sufrida declarando: "Lo siento, pero prefiero no zaherir al colegiado"?

Cholo, si me estás leyendo, anda, échame una mano...

lanochemasoscura