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Frágil canción

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La Gramática Textual irrumpió para hacernos ver que había que sobrepasar el ámbito de la oración compuesta como máxima unidad lingüística con personalidad reconocible. Hasta el advenimiento de esta corriente científica se le atribuía tal rango a la oración. Por debajo de ella quedaban la proposición, el sintagma, la locución, la lexía (la palabra, para los profanos), los lexemas (mínima unidad dotada de significado) y los morfemas (mínima unidad de función). A partir de entonces, el texto nacía como unidad de sentido y ello me parece un gran acierto puesto que pienso que no se puede desentrañar completamente el valor de cualquier integrante que esta nueva unidad encierra sin considerar sus relaciones lógicas, sintácticas y semánticas con el resto de sus "compañeros de viaje".

Así, por ejemplo, no estamos ante la misma palabra "rechazo" en un ensayo de Psicología que en la crónica de un partido de fútbol. El texto es el universo que engloba las distintas galaxias de sus subpartes (que podrían ser capítulos o, según los casos, párrafos)fragil2 quienes, a su vez, contienen los múltiples sistemas solares de sus oraciones.

Pues bien, desde mi experiencia, me atrevo a plantearles lo que percibo que puede ocurrir con la experiencia que podamos acumular a propósito de cualquier canción. Parece claro que, según la Gramática Textual, cada canción es un texto independiente (más o menos relacionable con el resto de canciones que son publicadas en el mismo álbum), responsable de aportar los últimos valores (que yo me permito identificar como "valores de resonancia", algo así como las últimas sensaciones capaces de ser transmitidas por un vino) a cada uno de las unidades lingüísticas que desgrana.

La canción, además, es un género particular pues suele tener un correlato melódico. Por ello, en su caso, pueden cobrar, además, especial relevancia otros aspectos lingüísticos físicos vehiculados por efectos fonéticos y de rima.

Parece indiscutible que la canción es un producto cultural complejo y completo destinado a reclamar la atención de un oyente, que puede ser también lector, porque sea capaz, amén de evocar determinados contenidos, de despertar toda una variedad de sentimientos.

Es por todo ello por lo que admiro a aquéllos que son capaces de inventar la letra y la música de una canción que me emocione. Y me siento, entonces, conmovido por la impresión de que el autor ha acertado en adecuar las dos grandes esferas de este género híbrido: fragil3la de un texto escrito y la de la "nave musical" en la que viaja.

De vez en cuando, descubro lo que puedo dar en llamar una obra maestra, una canción que me arranca lágrimas y me estremece a las primeras de cambio. Experimento, entonces, una total identificación con la obra y tengo la impresión de que su creador, más que haberla imaginado, la ha descubierto, la ha extraído de una suerte de baúl de las grandes canciones donde hubiera, hasta entonces, dormido el sueño de los justos.

Sólo a partir de ese descubrimiento podré asociar la canción a un determinado momento, a una determinada persona, a otro determinado recuerdo. Podré, también, gracias a ella, aprender nuevas palabras o expresiones y asumir nuevos retos fonéticos (si se trata de una canción en lengua extranjera y decido aprendérmela para cantarla).

Pero, por experiencia, ya les digo que también me cuidaré muy mucho de sobreexponerme a dicha obra pues sé que, cuanto más la escuche, más me habituaré a ella y menos me hara vibrar. Lingüísticamente, tendré menos conciencia de la posibilidad de reutilizar en otros contextos todos los elementos nuevos y enriquecedores que conlleva. El texto que me conmovió exacerba su carácter unitario (su carácter de irrefutable unidad lingüísitica) y, poco a poco, en mi cabeza y en mi corazón, se va transformando en una larga y bonita palabra, en la que podrá resultarme difícil adentrarme para contemplar con el mismo primer embeleso su polifacética belleza. Haré, pues, lo posible por frecuentarla con moderación para poder disfrutarla casi como la primera vez.

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De la posibilidad de volver al latin

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Me ha quedado un título pintón, ¿verdad? He querido remedar la contundencia con la que nuestros antepasados titulaban la mayoría de sus obras en latín. Este modus operandi fue también muy utilizado por muchos clásicos en castellano y lo sigue siendo en las comunicaciones canónicas vaticanas: las encíclicas.

Les propongo hoy este asunto animado por la lectura de un artículo optimista y apasionado de Rubén Amón en El País del pasado día 9. En su luminoso y divertido contenido se da cuenta del éxito que está teniendo en Italia la publicación del libro de Nicola latin2Gardini, Viva il latino, storia e bellezza di una lingua inutile (Garzanti), que va ya por su octava edición. Ya se podrán imaginar que no voy a tardar en comprármelo para absorberlo con toda la fruición de la que sea capaz.

El periodista interpreta, legítimamente a nuestro modo de ver, esta súbita y encendida pulsión para con lo latino, despojado completamente del chovinismo enmascarado que presidió la institución del adjetivo regalado por los franceses a la comunidad iberoamericana y al que ésta se entregó para emanciparse formalmente de sus antiguas metrópolis sin saber que se estaban entregando al subterfugio lingüístico de otro colonizador (y no precisamente mejor), como una reacción lógica ante el creciente ninguneo al que los poderosos del mundo someten a la vieja Europa, incapaz de defenderse internacionalmente desde la Unión con una sola voz.

El recurso al latín como lengua de estudio y, por qué no, tarde o temprano, como lengua vehicular entre los pueblos europeos constituiría una especie de repliegue cultural hacia unas esencias que saben a mejores tiempos para este apéndice occidental de la gigantesca mole euroasiática. Decía Ortega en En torno a Galileo que, en toda época crítica, los pueblos escarban en lo que interpretan como mejor de su pasado para encontrar las herramientas que los puedan proyectar hacia un futuro más halagüeño. No puedo concebir un expediente mejor en materia lingüística y formativa a no ser el que integrara de algún modo el protagonismo del griego clásico. Pero, bueno, a estas alturas de la película, quizás esté pidiendo demasiado y tenga que 'conformarme' con esta vuelta a la lengua de nuestros ancestros romanos.

Y es que, amén de todas las virtudes que desgranan Amón y Gardini, yo siempre he considerado que el Latín (así, con mayúsculas, como asignatura) es la vieja mecánica (aunque no por ello menos sofisticada, ni mucho menos) sobre latin4la que han ido evolucionando las lenguas romances, entre las que está nuestra admirada lengua española.

Todos aquéllos que hemos intentado comprender los mecanismos gramaticales de nuestra lengua madre por excelencia, todos los que hemos bicheado por entre sus vericuetos, manchándonos las manos y los sesos con su bendita grasa, estamos en mejores condiciones para reflexionar sobre el uso que hacemos de la lengua que hablamos todos los días o para hacerla crecer en el más absoluto respeto de sus mecanismos fundadores.

Volver al latín es tomar carrerilla y escarbar como los toros para embestir con mayores garantías los desafíos que la Historia nos pone por delante. Pues, al fin y al cabo, no sé qué filósofo dijo que los pueblos que ignoran su pasado son incapaces de vivir con responsabilidad su presente.

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Deberes

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El fin de semana del cinco y del seis de noviembre, por primera vez en la Historia de España, la CEAPA promovió una "huelga de deberes". La iniciativa debía concretarse en modo tal que los escolares cuyos tutores simpatizaran con la ideología de esta Confederación (progresista, pásmense) no hicieran los deberes que les pudieran haber mandado sus maestros.

deberes2Los progenitores aducen una serie de motivos que van desde el de que los chavales no tienen suficiente tiempo para jugar hasta el de que aquéllos no lo encuentran tampoco para disfrutar de un ocio familiar constructivo.

Dicho esto, creo que somos el primer país del mundo en el que se ha dado esta circunstancia y mucho me temo que, si nos atenemos a los resultados que obtenemos periódicamente en los informes PISA, ello no haga sino acrecentar el bochornoso ridículo que hacemos ante el resto de las naciones de la OCDE.

Como representante del gremio de los profesores, no puedo sino constatar que, desgraciadamente, el nivel formativo general de mis alumnos no hace sino descender desde el minuto 1 en que empecé a dedicarme a la enseñanza del idioma francés en octubre de 1992.

El ámbito educativo en el que trabajo, las Escuelas Oficiales de Idiomas, la lengua que enseño (no mayoritaria) y el nivel en el que lo hago (Avanzado, equivalente al B2 según el Marco Común Europeo de Referencia para la Enseñanza de Lenguas Extranjeras) no deberían permitirme testimoniar con tanta contundencia lo que pienso porque estoy convencido de que, cada curso, llega a mis aulas una muestra de lo más granado de la juventud de la zona sur de la Comunidad de Madrid.

deberes3Fuera de este oasis educativo tan envidiado, por cierto, por una parte de mis compañeros e inspectores de Educación de la Comunidad, la realidad de la enseñanza pública conforme aumentan los años de los discentes es, por lo general, desoladora: dificultades para que se imponga un mínimo de disciplina en el aula, falta de motivación en los aprendientes, desinterés por parte de las familias en lo que respecta al proceso formativo de sus vástagos y entrega de la administración educativa a demasiados incompetentes cuyas decisiones revisten un eminente carácter político.

Con todas estas premisas, ¿cómo se puede justificar esta huelga? ¿No será que los padres no se quieren molestar en secundar a sus hijos en su proceso formativo? ¿Qué sentido tiene que estos niños estén apuntados en tantas actividades extraescolares? ¿Tiene esto algo que ver con que los padres no sepan qué hacer con sus hijos cada vez que se acerca un día festivo o un período vacacional? ¿Algo que ver con que esos genitores estén cada vez más explotados en sus trabajos?

Los libros escolares de los niños de hoy son un tebeo si los comparamos con los que el que suscribe tuvo que manejar en su infancia. Por otro lado, ¿estamos seguros de que los deberes tienen la culpa de que los más jóvenes se inicien al consumo de alcohol a los trece años, forniquen por vez primera a los quince, se estrenen en la telefonía móvil a los siete y pasen una media de cuatro horas por día en las redes sociales?

Hace poco me preguntaron quién es el político europeo que más admiro. Respondí: "El o la presidente de Finlandia". Y la verdad es que no sé quién es pero lo que sí sé es que la finlandesa es una sociedad que se viste por los pies. Es decir, por la E-du-ca-ción. Y nosotros deberíamos aspirar a tenerla toda todita como ellos, no sólo lo que nos interesa.

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